La Esperanza de los hijos de Dios

(1ra de Juan 2:28–3:3)

La vestimenta de los nacidos de Nuevo

Es muy fácil el poder tener esperanza en que podremos pagar nuestras deudas cuando solo faltan horas para que nuestro salario del mes nos sea entregado. O, como madre, el tener confianza en que la medicina que cientos de veces he aplicado de manera religiosa a mi hijo enfermo, de resultado.  ¿Pero qué pasaría si no conociéramos de antemano que estas cosas fueran a pasar de la manera en que nosotros hemos planeado? ¿Continuaría nuestra confianza siendo la misma y nuestra esperanza igual? Al sumergirnos en la carta de 1ra de Juan podemos ver que para el apóstol la esperanza en que Cristo cumplirá su promesa se convirtió en su estilo de vida, tal fe le cambió al punto de que sus enseñanzas les parecían imposibles a aquellos que no formaban parte de la comunidad de fe.

Lo expuesto por el apóstol elevaba a los creyentes por encima de todos en la creación.  ¿Cómo podía un ser pecador y corrupto por naturaleza contener en sí algo digno para que El Padre se diera a sí mismo en El Hijo para rescatar a aquellos que han creído en Él?

Podríamos decir con alto nivel de certeza, que la mayoría de los creyentes maduros al responder las interrogantes anteriores harían señalamientos que colocarían la esperanza como un producto derivado del amor de Dios manifiesto a Sus Hijos. Tales aseveraciones no se encuentran lejos de la realidad, pero me gustaría brindar un punto de vista un tanto diferente al asunto.

Para responder a estas preguntas debemos apartar la mirada de nosotras y centrarlas sobre Él, en la misma manera que al analizar una oración en la escuela nos centramos en el verbo que indica la acción, nuestra tarea es ver que elementos de Su ser lo motivan al sacrificio. ¿Qué hizo que cristo literalmente “escogiera los clavos”?

Debo confesar que en mis inicios como creyente me costaba el entender como Dios nos ama conociendo todo lo que Él conoce de nosotros.  Si lo pensamos por un momento, a grandes rasgos, hemos llegado a convertirnos en seres que, desde la caída, tratamos de vivir de espaldas a Dios y a toda su revelación. Gastamos gran cantidad de tiempo y energías en tratar de llenar el hueco del tamaño de Dios que se encuentra en nosotros.

Pablo en su carta a los Romanos inicia el capítulo 1 con una descripción bastante explícita de lo que somos sin Dios. Lo más interesante para mí es que, la cuestión no radica en que tanto Dios conoce mis pecados, sino, más bien, en lo profundo y comprometido de Su amor. Amor que comenzó en la eternidad pasada y trasciende el tiempo hasta hoy, aun cuando peco, su amor está ahí para reprenderme, restituirme y llamarme hija.

No podemos solas

Si hay algo de lo que el orgullo siempre trata de convencernos es que somos autosuficientes, perfectamente capaces de alcanzar cualquier cosa por nuestros medios, lamentablemente en lo que respecta a la salvación muchas personas entienden que pueden, por sí mismos, ser autores de su redención. Tristemente esto demuestra un profundo desconocimiento de nuestro papel de cara a la salvación, en donde nuestra única contribución fue nuestro pecado. Nuestra degeneración fue tan rápida y progresiva que tan temprano como en el génesis el Señor hablaba ya de la intención en el corazón de los hombres.  Nuestro corazón con pecado y mal intencionado, comenzó a una cosa tras otra. En nuestro error e ignorancia comenzamos a creer que más posesiones materiales, poder, relaciones de todo tipo o riquezas eran la respuesta para llenar este vacío. Esta realidad no es exclusiva de nuestra época, pues el autor de Eclesiastés exclama con gran pesar que “vanidad de vanidades, todo es vanidad” (Eclesiastés 1:1-3). Si necesitamos tener una visión más detallada del grado de perversión donde nuestra naturaleza de pecado nos ha llevado, basta con dar una mirada a la amplia descripción que nos da el apóstol pablo en Romanos 1 desde el verso 21 hasta  el  final del capítulo. Romanos 1:21-32

Nuestra Visión está tergiversada

De la misma manera que un cristal tintado no es capaz de mostrar los colores con todo su esplendor, el pecado nos ha incapacitado de poder ver su gran impacto, lo horrible de este y lo mucho que nos separa de poder estar en armonía y en compañía de nuestro Señor.  

La gran esperanza

Después de estar conscientes de nuestra condición de bancarrota espiritual y del peso e impacto del pecado en nuestras vidas, podríamos llegar a la conclusión de que no existe forma alguna para escapar de la condenación eterna ¿Si todos los anhelos de este mundo no son suficientes para llenarnos, será entonces que nuestro diseño no es para este mundo? Es aquí donde nuestro Salvador entra en escena.  El maravilloso plan de redención del Señor llega a su máxima expresión cuando en una muestra incomparable de su inmenso amor para con nosotros, Dios nos presenta la alternativa perfecta, “sacrificio perfecto, sustitutorio y justicia imputada”. A través del sacrificio de Cristo en la cruz, el acta de los pecados que pesaba sobre nosotros ha sido rota (Colosenses 2:14-17) dándonos a nosotros, pecadores natos, la oportunidad de recibiéndole (Juan 1:12), transcender del estado de criaturas y enemigos de Dios (Rom. 5:10-12) a Hijos. Es Dios (El Padre) quien va a nuestro encuentro, haciendo las paces con nosotros a través de Dios (El Hijo) y colocando en nosotros a Dios (El Espíritu Santo) para dar testimonio de que somos nueva creación.

Este encuentro y trabajo del Dios trino en nosotros da lugar a un proceso en el creyente “La santificación”. En este proceso, los anhelos de este mundo son, de manera progresiva, cambiados a medida que la persona profundiza en la obra de salvación inmerecida ejecutada por Dios, dejándonos como beneficiarios eternos del amor del Padre, poniendo nuestra mirada hacia el mundo venidero. Apóstoles, evangélicos de la edad media, puritanos que abolieron la esclavitud, cada uno de ellos dejaron su marca en esta tierra porque su mente estaba ocupada en lo eterno. Esta profunda convicción de que su paso por esta tierra era efímero y que lo importante del camino era la morada que les esperaba.  Esta seguridad en Dios que experimentaban es la esperanza.

La seguridad en las promesas de la palabra de Dios fueron el motor de los primeros creyentes y de la iglesia primitiva.  Es mi oración que podamos desarrollar una esperanza profunda en la obra redentora del Padre que es descrita en toda la escritura, llevándonos cada día a mejorar y a crecer más en él.

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