Cambiando la ofensa por bendición

Sin lugar a duda que al Señor le importa nuestra relación con los demás. Dios mismo nos da ejemplo de unidad al ser uno solo con Su hijo Jesús y con el Espíritu Santo (1 Juan 5:7). Jesús hizo su obra aquí en la tierra acompañado de doce hombres (Mateo 10). Del mismo modo Dios nos ha creado con una realidad relacional, y por consiguiente somos seres necesitados de vivir en comunidad. Así que tenemos familia, amigos, congregación de hermanos en la fe, colegas de trabajo, compañeros de estudio, vecinos, etc. En cambio, al enemigo le encanta dividir, deleitarse en violentar las relaciones y crear contiendas donde no las hay. Por lo que necesitamos la ayuda oportuna del Señor al cultivar nuestras relaciones con los demás para que sean piadosas, sanas, duraderas en el tiempo y que den gloria al Señor. Por tal razón en este artículo reflexionaremos en cómo la ofensa puede convertirse en un medio para identificar lo que deberíamos cambiar y fortalecer nuestros lazos relacionales de modo que vivamos en armonía y plenitud en nuestras relaciones interpersonales.

No cabe dudas que aquello que sale de nuestra boca es un reflejo de como estamos internamente (Mateo 15:11). Nuestras palabras, la manera en cómo nos expresamos hacia los demás, el tono en el que compartimos nuestras opiniones, la forma que damos un consejo, la manera de quejarnos cuando algo nos desagrada, o simplemente respondiendo a alguna pregunta sin detenernos a reflexionar, hace relucir la realidad de nuestro corazón y nuestra necesidad inminente de acudir al Señor para ser transformadas si hemos sido las ofendidas, como también si hemos sido las responsables de ofender a otros.

La ofensa es definida, según la RAE, como eso o aquello que ofende o puede ofender (dañar la dignidad de alguien). Es la manifestación en la que alguien puede sentirse insultado, descalificado, atacado, denigrado, menospreciado e indignado. Esa persona experimenta falta de respeto, burla, desprecio, ultraje, etc. En ese mismo orden puedo decir que hoy día nos ha tocado vivir en una generación bastante sensible, que se ofende por todo, pero eso podemos abordarlo desde otra perspectiva en otro artículo. No obstante, las ofensas son parte de la vida cotidiana, precisamente por nuestra naturaleza pecaminosa es difícil evitarlo. Como seres humanos ofendemos a los demás, muchas veces de manera involuntaria y otras muy conscientes.  De hecho, solemos justificar las ofensas usando frases como: “Es que soy más clara que el agua”, “siempre digo lo que pienso”, “así soy yo”, “tú te ofendes de todo y de nada”, “a mi nada me afecta”, “la verdad duele”. He escuchado estas expresiones muchas veces, y siendo honesta, también las he dicho y también me he ofendido con muchísima facilidad. Sin embargo, ¿Qué dicen estas frases sobre la persona que las expresa? ¿Qué dicen estas frases de su carácter? ¿Qué dice la biblia al respecto? ¿Qué nos enseña la Palabra en caso de ser nosotras las que ofendemos? Veamos en esta primera parte sobre la persona que comete la ofensa:

EL OFENSOR.

“Las palabras del sabio son placenteras, pero los labios del necio son su ruina.” Eclesiastés 10:12 NVI. ¡Cuánto hay que decir sobre lo que sale de nuestra boca! El apóstol Santiago nos explica en el capítulo 3 cómo podemos refrenar nuestra lengua. Y quiero enfocarme en el verso 2 donde dice: Porque todos ofendemos muchas veces. Si alguno no ofende en palabra, éste es varón perfecto, capaz también de refrenar todo el cuerpo”. Entonces queda demostrado que no es cosa simple tener bajo control nuestra lengua. ¡Vaya que no! A menudo nos encontramos pidiendo disculpas por adelantado por algo que vamos a decir. Pidiendo disculpas por algo que se “malinterpretó”. Pidiendo disculpas porque dijimos algo en broma y al final resulto ser muy ofensivo para alguien. Incluso con nuestro lenguaje corporal ofendemos: los gestos del rostro, la mirada, al dar la espalda, el ignorar, etc. Luego al realizar estas acciones, nos sentimos mal porque reflexionamos y pensamos que debimos guardar silencio en vez de dejar salir todo lo que teníamos en mente en un momento dado. Meditamos que mejor si no se hubiera dicho esto o aquello aun conservaríamos amistades, empleos, una buena relación con nuestros esposos e hijos, con nuestros padres.

Es por eso que si nos encontramos en el papel del ofensor debemos seguir los siguientes pasos conforme la Palabra de Dios nos enseña:

  • Asumir la responsabilidad y tomar acción. Tenemos que reconocer que nos hemos equivocado, incluso si creemos tener la razón. Tener la iniciativa de pedir perdón siempre será más beneficioso que darle largas al asunto. “Por lo tanto, si estás presentando tu ofrenda en el altar y allí recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí delante del altar. Ve primero y reconcíliate con tu hermano; luego vuelve y presenta tu ofrenda”. Mateo 5:23-24
  • Expresar un arrepentimiento sincero. Lo mejor que podemos hacer es evitar, cortar de raíz, no repetir las acciones que causaron daño a otros. Es la mejor forma de testificar de nuestro sincero arrepentimiento. Recuerdo los relatos bíblicos de cuando Jesús perdonaba a las personas que le decía: “Vete y no peques más” (Juan 8:11b). “Quien encubre su pecado jamás prospera; quien lo confiesa y lo deja halla perdón.” Proverbios 28:13.
  • Aprender a reflexionar antes de hablar o hacer. Antes de emitir un comentario o dar una sugerencia aprendamos a ponernos en el lugar del otro y en cómo nos gustaría que nos hablaran o trataran a nosotras. Muchas cosas pueden ser dichas, siempre y cuando usemos las palabras adecuadas y con amor. “No juzguen, y no serán juzgados; no condenen, y no serán condenados; perdonen, y serán perdonados.” Lucas 6:37. “La suave respuesta aparta el furor, más la palabra hiriente hace subir la ira.” Proverbios 15:1.
  • Usar palabras de bendición. No devuelvan mal por mal ni insulto por insulto; más bien, bendigan, porque para esto fueron llamados, para heredar una bendición.” 1 Pedro 3:9

Quiero que me acompañes en la segunda parte de este artículo donde abordaré desde la perspectiva de ser la ofendida.… ¡Dios te bendiga!

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