Venciendo el mal con el bien – Amando a mis enemigos

No seas vencido por el mal, sino vence con el bien el mal.”

Romanos 12:21

Hablar del bien y el mal es un tema difícil de abordar en estos días.  Vivimos en un mundo corrompido por la maldad: desmoralizado, perdido en el pecado y en su propia concupiscencia. Un mundo que ve difícil definir la verdad absoluta porque esta se percibe de acuerdo con la opinión de cada uno. Un mundo donde hacer el bien pareciera una acción arcaica. Donde se incentiva al amor propio y al individualismo sobre todas las cosas. Donde servirse a uno mismo y el afán por salvaguardar el bienestar y el placer personal está en primer lugar. El bien y el mal son palabras que han tomado una connotación relativista; es mal o bien dependiendo de las creencias que se tengan, la circunstancias y el contexto de estas. Sin embargo, para nosotras como creyentes, estas filosofías de vida están muy lejos de la verdad absoluta que se nos instruye en las Santas Escrituras.

En esta primera parte de este artículo compartiré sobre hacer el bien a nuestro prójimo, aunque nos haga el mal. Y en una segunda parte, hablaremos sobre cómo nosotros podemos ser estandartes y embajadores del bien en una sociedad que se desvive por hacer el mal.

Adentrándonos en la primera parte de este tema, recuerdo cuando era más joven ser como una copa de vidrio muy fino. De soplar una brisita, me rompía. Esto ilustra cómo me sentía ofendida con mucha facilidad; de una mirada diferente, un saludo olvidado o de una corrección pequeñita ya estaba hecha un mar de lágrimas. Creo que, en menor o mayor grado, esto nos ha pasado a todas en algún momento determinado. Pero ¿por qué nos sentimos ofendidas cuando nos suceden estas cosas? Quizás porque, ¿Nos han mentido? ¿Hemos recibido un trato injusto? ¿Se ha dicho una calumnia de nosotras? ¿Hemos sido rechazadas o no tomadas en cuenta? O hablando más profundamente, ¿Hemos sido abusadas o maltratadas psicológicamente? 

Por esto, para poder ser resilientes y enfrentar estas situaciones que no estamos exentas de que se nos presente, una de las cosas más importantes que debemos hacer es aprender a confiar, tener dependencia del Señor y andar por fe cuando las personas no nos tratan como deberían. La respuesta natural ante estas circunstancias es sentirnos enojadas, tristes, malhumoradas e incluso desdichadas. Y enojarse en sí mismo no es el pecado (Efesios 4:26), pero permanecer en el enojo traerá consigo una avalancha de situaciones que no nos hará bien ni a nosotras mismas ni a los demás. De esto se desprende el anhelo de hacer sentir al ofensor nuestro dolor. Los pensamientos comienzan a tomar cabida y comenzamos a concebir ideas que incentivan a la maldad. Y claramente esto es algo que debemos procurar bloquear de inmediato pues estos pensamientos no son agradables al Señor, como nos dice en Filipenses 4:8. También la Palabra nos enseña que no debemos devolver mal por mal en Romanos 12:17-18  dice: Nunca paguen a nadie mal por mal. Respeten lo bueno delante de todos los hombres. Si es posible, en cuanto de ustedes dependa, estén en paz con todos los hombres”.

Este versículo, para todos lo que profesamos amar y servir al Señor, coloca de manera practica y tangible el Evangelio de Jesucristo, y al vivir esta verdad es cuando damos por hecho que, pese a la ofensa, el dolor, el rechazo y la maldad que nos hagan: elegimos hacer el bien. Y, hermanos queridos, realmente hay verdadera libertad en hacer lo correcto, lo bueno, lo justo. Es nuestro deber y un mandato elegir hacer lo correcto sin importar cómo nos sintamos.

La mejor manera de entender y aplicar estos principios fundamentales para vivir una vida piadosa que honre al Señor, es desglosando la enseñanza de Jesús que encontramos en Lucas 6:27-36, la cual veremos a continuación presentadas como un conjunto de mandatos para todos nosotras:

  • Pero a ustedes los que oyen, les digo: amen a sus enemigos; hagan bien a los que aborrecen,
  • Bendigan a los que los maldicen; oren por los que los insultan.
  • Al que te hiera en la mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite la capa, no le niegues tampoco la túnica.
  • A todo el que te pida, dale, y al que te quite lo que es tuyo, no se lo reclames.
  • Y así como quieran que los hombres hagan con ustedes, hagan con ellos de la misma manera.
  • Si aman a los que los aman, ¿qué mérito tienen? Porque también los pecadores aman a los que los aman.
  • Si hacen bien a los que les hacen bien, ¿qué mérito tienen? Porque también los pecadores hacen lo mismo.
  • Si prestan a aquellos de quienes esperan recibir, ¿qué mérito tienen? También los pecadores prestan a los pecadores para recibir la misma cantidad.
  • Antes bien, amen a sus enemigos, y hagan bien, y presten no esperando nada a cambio, y su recompensa será grande, y serán hijos del Altísimo; porque él es bondadoso para con los ingratos y perversos.
  • Sean ustedes misericordiosos, así como su Padre es misericordioso.

Ciertamente, estos son uno de los versos más difíciles de llevar a la aplicación, porque sinceramente no es fácil amar a nuestros enemigos, a aquellas personas que nos han hecho daño, que nos han ofendido. El Señor nos enseña que hay una manera correcta y una incorrecta de responder ante las injusticias. Bien pudiéramos tomar represalias y desquitarnos con la o las personas que nos han lastimado, o podemos hacer frente a la manera del Señor, confiando en que Él es nuestro juez justo y que haciendo el bien seremos bendecidos y prosperados (Salmos 3:1-3).

La oración, es la clave. Él nos dará la fuerza y el valor que necesitamos para poder perdonar, dejar pasar la ofensa y seguir adelante de la mano con El. Pidámosle al Señor que nos ayuda a tomar el control de nuestros sentimientos, y si estamos enojadas y heridas, confesémosle y Él nos perdonará y nos ayudará a sanar. A medida que enfoquemos nuestra atención en el Señor, será mucho más fácil caminar en paz, perdonar, y vencer el mal con el bien. ¡ALELUYA!

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