Practicando la solidaridad en tiempos de crisis

Cuando era niña solía ver un programa de humor, muy famoso en aquel entonces, y el conductor del programa siempre concluía con la frase “haz bien sin mirar a quien”. Aunque durante mucho tiempo escuché esa frase, nunca la entendía completamente. Pensaba que para ayudar a alguien era necesario ver a quien estábamos ayudando. Era una niña, no comprendía del todo el gran significado de esas palabras.

Pasando esta frase por la Biblia, que es el gran filtro que debe utilizar todo cristiano para evaluar lo que ve y escucha, la relacioné con la solidaridad. La solidaridad se refiere a ayudar sin recibir nada a cambio. Es una actitud basada en intereses o metas comunes. Siendo esta la definición de este término descubrimos que la Biblia es el libro de la solidaridad. Cuantas historias maravillosas hay en ella sobre este valor. Iniciando con el tema en que se basa toda la Escritura, el regalo de la salvación. No hay mayor acto de solidaridad que podamos experimentar, que Cristo haya muerto por nuestros pecados para redimirnos y bendecirnos con vida eterna (Juan 3:16). Si ese no es para ti el gesto de solidaridad más grande que existe, no sé qué más podría ser.

Honestamente llegan tantas historias a mi mente. Identifiquemos la solidaridad en otros casos a través de las Escrituras. Uno de ellos es la viuda de Sarepta (1 Reyes 17:8-24). Una mujer que tenía apenas un puñado de harina y un poco de aceite, y aunque con miedo, decidió creer en las palabras de Dios enviadas a través del profeta Elías. Si te fijas ella compartió un vaso de agua antes de que Elías le hiciera esta petición del bocado de pan. Ella quizás dio lo que creía que podía dar porque era algo que tenía tal vez más abundante que todo lo demás.

Solemos caer en los siguientes errores relacionados a la solidaridad:  ser muy selectivos con las personas a las que vamos a ayudar. No miramos la necesidad, sino que creemos que debemos ayudar a quien, según nuestro juicio, lo merezca (Filipenses 2:4). En ocasiones concentramos nuestro criterio de selección en la forma en la que las personas son con nosotros o con los demás, si mi situación económica es estable, y un sin número de ideas engañosas que frenan el acto de servicio desprendido que Dios espera que hagamos (Mateo 25: 35-40). No es correcto pensar que ser solidarios nace de nuestro deseo, no olvides que toda buena obra que hacemos ya fue creada de antemano por nuestro Dios (Efesios 2:10). Como creyentes nuestro llamado no es juzgar a nadie, es apoyar, ser soporte para otros en momentos de dificultad. Saquemos de nuestra mente la mentira de que debemos tener mucho para dar algo.

Podemos ser solidarios desempeñando actos de servicio. El servicio vale mucho y es un gesto solidario. Solo piensa en ese momento cuando Jesús lavó los pies de sus discípulos. Imagina lo cansados que estaban y el Señor mostró su solidaridad quitando todo el polvo de los pies de ellos.  Quizás piensas que no estás bien económicamente, si es tu caso puedes ayudar con tus dones y talentos. (Juan 13: 4-6).

Una buena práctica es conocer a tus vecinos. Pregúntales cuáles son sus peticiones de oración. Mientras más interactúas puedes identificar alguna necesidad que hay en ese hogar y no simplemente orar, también accionar (Santiago 2: 14-17).

Otra forma de ejercitar la solidaridad es investigar acerca de causas sociales o fundaciones. Si no puedes contribuir a alguna causa social comparte tu lista de lugares con personas que entiendes que sí pueden ayudar y sé parte de la solución de esta manera.

Ser solidario es también ser empático con los demás (1 Juan 3:17). Pídele al Señor que te guíe a ser sensible a las necesidades de los demás. Dale gracias a Dios por lo que tienes y clama por aquellos que están en escasez. En medio de esta crisis mundial causada por la pandemia, debemos ser cautelosas y prudentes de no presumir las misericordias de Dios y su provisión como si fuera nuestro mérito. No sabemos cuánta gente está en necesidad. Cuánta gente se siente afectada porque su condición no es similar a la de otra persona que está estable (Salmos 37:1). Ser solidario es pensar en el dolor de los demás y hacer algo para aliviarlo.

Wesquendar Meran

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