Ana la profetisa: su servicio y encuentro con el Mesías

Una de las cosas que más disfruto hacer para el Señor es escribir y dirigir obras de niños, especialmente para la época de Navidad. Me llena el corazón de ternura ver a los niños vestidos de pastorcitos, ovejitas o cualquier otro personaje, contando la historia más bella de todas: El nacimiento de Jesús.

En estos días, mientras preparaba la obra de este año, me transportaba a esa época y no podía dejar de pensar en la emoción que debieron haber sentido todos aquellos que vieron al niño Jesús. Me puedo imaginar el amor que invadía el corazón de todo aquel que tuvo la dicha de ver a Jesús con sus propios ojos, ¡que maravilloso acontecimiento!

En aquel entonces, eran muchos los que esperaban la redención de Jerusalén, los que anhelaban que llegara el gran día en el que, por fin, se cumpliría la promesa de un Salvador. Según nos cuenta el evangelio de Lucas, en esa época, una viuda llamada Ana era de las que esperaba con gran anhelo la redención de su pueblo, y mientras, se encontraba sirviendo en el templo; también nos dice la Biblia que ella era profetisa. De Ana, la profetisa, solo tenemos unos pocos versículos, 3 para ser exactos, pero nos hablan de una profunda vida de devoción y servicio al Señor.

“Y había una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Ella era de edad muy avanzada, y había vivido con su marido siete años después de su matrimonio, y después de viuda, hasta los ochenta y cuatro años. Nunca se alejaba del templo, sirviendo noche y día con ayunos y oraciones. Y llegando ella en ese preciso momento, daba gracias a Dios, y hablaba de Él a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.” Lucas 2:36-38

Aparentemente, Ana había sido viuda por muchos años y había dedicado su vida a servir al Señor y su corazón anhelaba ver cumplida la promesa de redención. El contexto en el que se hace mención a esta noble mujer es cuando María y José llevaban a Jesús al templo para ser presentado al Señor.

Día y noche servía y me imagino que también día y noche soñaba con “ese” momento. Me parece que el Señor premió su servicio con el privilegio de poder llegar “en ese preciso instante” para poder ver a Jesús con sus propios ojos y ser parte de este milagroso evento.

No sé si ella alguna vez imaginó que sería testigo ocular de la redención de Jerusalén; de lo que sí estoy segura es que servía con un corazón lleno de esperanza en que las promesas de Dios ciertamente se cumplirían algún día.

También, es posible asegurar que su encuentro con Jesús fue uno de los eventos más emocionantes que jamás tuvo, tanto así que su boca se llenó de gratitud y compartía el gozo que rebosaba su corazón. Me imagino que no podía parar de hablar de su encuentro con el Mesías.

De estos pocos versículos aprendí grandes lecciones:

1- Aprendí que debo proponerme a tener un corazón dispuesto a servir al Señor día y noche; sin importar que seas madre, ama de casa, ejecutiva, terapeuta, sea lo que sea, hazlo como para el Señor. “Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres, sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia. Es a Cristo el Señor a quien servís.” Colosenses 3:23-24

2- El Señor es fiel y recompensa a los que le sirven de corazón. “Por tanto, mis amados hermanos, estad firmes, constantes, abundando siempre en la obra del Señor, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano.” 1 Corintios 15:58 

3- Dios nos da mucho más de lo que pedimos o pudiéramos imaginar. Ana quizás nunca imaginó que tendría el privilegio de ser testigo del nacimiento del Mesías. “Y a aquel que es poderoso para hacer todo mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que obra en nosotros,” Efesios 3:20

4- El plan de Dios para nuestras vidas está cuidadosamente ordenado por Él y “ese preciso momento” para cada cosa llegará, según su voluntad. “Él ha hecho todo apropiado a su tiempo. También ha puesto la eternidad en sus corazones; sin embargo, el hombre no descubre la obra que Dios ha hecho desde el principio hasta el fin.” Eclesiastes 3:11

5- Finalmente, de Ana aprendí que debo anhelar fervientemente un encuentro cara a cara con Dios. “Oh Dios, tú eres mi Dios; te buscaré con afán. Mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela cual tierra seca y árida donde no hay agua.” Salmos 63:1

Que nuestro Padre Celestial nos ayude a servirle con devoción, a confiar y esperar en sus promesas y que encontrarnos con Él sea el mayor anhelo de nuestro corazón.

 

Carolina Polanco.

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