Cómo debemos orar (3ra parte)

“Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores.
“Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino y el poder y la gloria para siempre jamás. Amén”. 
Porque si perdonáis a los hombres sus transgresiones, también vuestro Padre celestial os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras transgresiones.

Y perdónanos nuestras deudas como también nosotros, hemos perdonado a nuestros deudores. Tal como si se trazara delante de nuestros ojos una cruz, esa que muestra una línea vertical como apuntando al cielo y otra horizontal en señal de la relación con nuestros semejantes. La siguiente frase de la oración modelo nos lleva a esa relación con Dios, la cual está vinculada con la que tenemos con nuestros hermanos y prójimos en general.

Esta petición: ¨perdónanos nuestra deudas¨, es una que desafía  nuestro orgullo. Y Martin Lutero explica respecto a esto que ¨¨no solo es un desafío para el orgullo, sino también una prueba de la realidad espiritual. Él continúa diciendo que ¨si encontramos que la confesión y el arrepentimiento son traumáticos y denigrantes, esto significa que el corazón no está bien con Dios, ni puede recurrir a la confianza del evangelio. Él veía la confesión como una forma de entendimiento profundo de la salvación por gracia y de la esencia de la fe.

Amadas hermanas, para poder otorgar el perdón a nuestros ofensores, debemos haber experimentado el mejor perdón que un ser humano pueda vivir, el perdón De Dios. Me conmueve la forma en que Juan Calvino expone esta parte:

Si, por el contrario, guardamos en nuestro corazón algún  odio, o pensamos vengarnos y procuramos la ocasión de hacer mal a nuestros enemigos; más aún, si no nos esforzamos en volver a su amistad, reconciliarnos con ellos, prestarles todos los servicios y gustos posibles, vivir en buena armonía, amistad y caridad con ellos, pedimos en esta oración a Dios que no nos perdone nuestros pecados; pues le suplicamos que haga con nosotros, como lo hacemos con los demás.

Roguemos a Dios por esto. Oremos esta frase con convicción.

No nos metas en tentación, de esta frase se desprende un hilo que guía nuestra mirada de un extremo a otro. Una compuesta por las tentaciones que vienen de la mano con la riqueza y la prosperidad, provocando muchas veces, una anestesia en nuestra necesidad de Dios.  Y las que por su  parte vienen de la pobreza, las aflicciones y otras por el estilo,  y que proveen a nuestras almas una tentación rumbo al desaliento y desconfianza de la providencia de Dios. Nos arrincona en un enfado contra Dios. Y quiero ser enfática en esta parte porque es  muy importante; la petición que se enmarca aquí, no es que meramente no seamos tentadas, sino que NO seamos conducidas hacia ella, ya que por la forma como Jesus lo plantea en la oración, sería  considerar ceder ante el pecado. ¡Por favor, que yo no caiga!

Mas líbranos del mal, algunos teólogos han considerado la frase como ¨líbranos del maligno¨. Esto para referirse al enemigo de nuestras almas: el diablo. Y muy probamente en la interpretación que ellos hacen, sea para vincular todo lo que pudiera estar relacionado con la influencia del mundo de las tinieblas y que pudiera amenazar nuestro bienestar aquí en la Tierra. Es de esa forma, que esta petición viene a ser un clamor por protección a nuestro alrededor.

Porque tuyo es el reino y el poder y la gloria para siempre jamás, la oración vuelve y coloca el cursor al inicio de la página. Todo empieza con El. Continúa con El. Hasta terminar con El. Porque todo es de Él y para El. Suya es la gloria por los siglos, amén. Esta parada técnica se hace necesaria ante nuestra humanidad egocéntrica. Nos devuelve la mirada hacia el foco principal de la oración, El. Así que, paradas ahí, nuestras almas toman un respiro, un descanso y nos conduce a recordar que nuestro padre celestial nunca será quitado de su trono, ni de su reino. Y eso mis hermanas nos imprime seguridad y confianza.

Pero si no perdonáis a los hombres…  tampoco Dios… esto pudiera parecernos confuso a nosotras. ¿Cómo es que Dios, después de haberme perdonado y habiéndome imputado la justicia de Cristo, con el acto de justificación, ya no me seguirá perdonando? ¿Cómo será esto, si Dios sabe que en mi naturaleza caída voy a seguir ofendiéndole? Una de las respuesta a estas preguntas está en Juan 13:10.  El acto de la justificación es completo y no tiene que repetirse. Pero nosotras como creyentes debemos estar en constante lavamiento en relación a nuestra vida diaria la cual incesantemente enfrenta luchas contra el pecado. Esa limpieza diaria demanda una confesión diaria, de ahí la importancia de confesar. Nuestro Dios espera que otorguemos perdón a nuestros ofensores. Si no lo hacemos, Él va a retenernos el suyo. Porque Él es Santo y justo y se molesta contra el pecado. Si nosotras no otorgamos perdón, estamos en falta delante de Él. No le honramos, ni le obedecemos. Mat. 18:23-35. Procuremos hacerlo.

Si no has leído las dos primeras parte de este artículo, aquí te dejo los enlaces.

https://elatelierfb.com/2018/05/30/como-debemos-orar-1ra-parte/

https://elatelierfb.com/2018/06/01/como-debemos-orar-2da-parte/

Dios te bendiga!

Escrito por: Viannelys Roman de Oller

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