No des lugar a la venganza

¡No es justo! Señor, ¿Es que no ves lo que me hizo? ¿Te vas a quedar de brazos cruzados?… ¡Yo soy tu hija! ¿Vas a dejar que se burlen de mí de esa forma? Es probable que alguna vez te hayas encontrado orando delante de Dios, clamando de esta manera, con el corazón herido, hecho pedazos, sintiéndote burlada, lastimada muy profundamente por alguien de quien no lo esperabas o por alguien que te ha hecho daño sin razón y sientes que anda por la vida sin pagar ninguna consecuencia por el daño causado.

Quizás hayas sentido la necesidad de ver la mano de Dios vengando tu causa, haciendo que quien te ha dañado pague por sus hechos. Si al igual que yo, en algún momento te has sentido con sed de venganza, quiero compartirte lo que Dios me enseñó respecto a este tema.

Hace tiempo me encontraba en un momento muy doloroso, de mucha confusión emocional, preguntando por qué, dónde estaba Dios mientras esa persona deliberadamente se proponía lastimarme. En todo este trayecto, lo más sorprendente no fue lo que aprendí sobre la venganza, sino lo que Dios me enseñó acerca de mi propio corazón.

En el proceso de sentir que esa persona “merecía” pagar por sus actos, pues Dios es justo, permití que mi corazón se dejara engañar por la pesada carga del dolor, que con el tiempo se convertiría en rencor. Y pasaba otro día en el que, a mis ojos, Dios no hacía nada, y de esa forma mi corazón y mi mente se cargaban cada vez más con el peso de mi propio pecado: la falta de perdón y el orgullo.

Mientras oraba por lo que consideraba una causa justa delante de Dios, pude entender que era el orgullo herido el que me llevaba a clamar juicio y castigo para esa persona que había actuado tan mal, mi deseo de venganza no era más que falta de perdón y misericordia, mi corazón tenía motivaciones totalmente incorrectas.

Dios me recordó una vez más que me ha perdonado una deuda que jamás podría haber pagado, que extendió su MISERICORDIA y no me pagó conforme a lo que yo merecía. Ese día entendí que, así como Dios me perdonó en gran medida sin merecerlo, debía hacer yo con otros.

Así que rendí mi causa a Dios, renuncié a mi deseo de venganza, o “justicia” ante mis ojos y dejé que Dios quebrantara mi orgullo. Decidí entregarle mis cargas y mi dolor, me postré a pedirle que perdonara la dureza de mi corazón, empecé a orar por quienes me habían lastimado y le pedí que me ayudara a descansar en su paz.

Cuando Jesús enseña sobre la venganza en el Sermón del Monte, nos dice lo siguiente: “ Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo y diente por diente.” Pero yo os digo: no resistáis al que es malo; antes bien, a cualquiera que te abofetee en la mejilla derecha, vuélvele también la otra.  Y al que quiera ponerte pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa. Y cualquiera que te obligue a ir una milla, ve con él dos.  Al que te pida, dale; y al que desee pedirte prestado no le vuelvas la espalda”. Mateo 5:38-42 (LBLA).  Aquí vemos claramente que Jesús nos manda a renunciar a nuestro “derecho” de venganza, para así reflejar el perfecto amor de Cristo, quien dio su vida por pecadores que merecían castigo en lugar de perdón.

Pero, ¿por qué nos manda a esto el Señor Jesús? Porque le glorificamos a Él, cuando en lugar de venganza pedimos misericordia, cuando en lugar de odio damos Su amor. Al hacer esto, lo que humanamente no es la respuesta normal, reflejamos la grandeza del amor de Dios y de su obra redentora por medio de Cristo, así nos convertimos en un vivo ejemplo de confianza plena en un Dios vivo, que en su soberanía y a su tiempo, hará justicia. 

Recordemos que la venganza le corresponde al Señor, “Amados, nunca os venguéis vosotros mismos, sino dad lugar a la ira de Dios, porque escrito está: Mia es la venganza, yo pagare, dice el Señor” Romanos 12:19 (LBLA) y que cada uno recibirá conforme a lo que sembró, “No os dejéis engañar, de Dios nadie se burla; pues todo lo que el hombre siembre, eso también segará” Gálatas 6:7 (LBLA).

Así que el día que renuncié a la venganza, fui verdaderamente libre para descansar en la sabiduría de Dios, para confiar en sus propósitos y su buena voluntad para mi vida en TODAS las cosas que permite que pasen; pero sobretodo, me ayudó a valorar aun más sus misericordias para conmigo, las cuales son nuevas cada día.

Dios usó ésta situación dolorosa como un recordatorio de que no merezco su perdón, pues se me hace difícil pasar por alto la ofensa y perdonar como he sido perdonada, de que constantemente debo examinar mi corazón a la luz de la Palabra pues éste es capaz de engañarme, haciéndome creer que mi causa es justa cuando realmente sólo estoy actuando como un ser sin misericordia.

En medio de mi reflexión sólo pienso: pobre de mí si Dios me pagara conforme a mis actos, o a la maldad de mi corazón, pobre de mí si Dios, en lugar de tener misericordia nueva cada mañana, decidiera vengar su causa (porque mi ofensa a Él sí que es verdaderamente grande). Pero bueno es Dios, que su gracia nos ha alcanzado y hemos recibido misericordia en lugar de venganza.

Así que te animo a que no des lugar a la pesada carga de la venganza en tu corazón, libérate y deléitate en la misericordia de Dios para tu vida y extiéndela a otros.

Escrito por: Carolina Polanco

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