La única resolución necesaria

“..Pues nada me propuse saber entre vosotros, excepto a Jesucristo, y éste crucificado. (1 Corintios 2:2).

Si eres como yo, a finales de diciembre o principios de enero, me siento a pensar en el nuevo año y a escribir resoluciones. En ocasiones escribimos una larga lista de metas; en otros años, es más corta. Pudiera ser simplemente un tema o una frase que nos gustaría definir en ese año. Nos sentamos y pensamos en las maneras en que queremos crecer. Planeamos y hacemos listas: listas de libros, listas de personas por las cuales orar, listas de metas que queremos lograr. En algunos años, nos encontramos agotadas. Revisamos nuestras resoluciones del año anterior y nos damos cuenta que no crecimos en las maneras que queríamos. Nos preguntamos si vale la pena escribir más resoluciones para el año que se aproxima.

No sé dónde te encuentras este año pero si hay algo que podemos ganar en este año, que sea Cristo mismo. Que si crecemos en las maneras que queremos crecer, solamente nos gloriemos en Cristo. Gálatas 6:14 nos dice “Pero jamás acontezca que yo me gloríe, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por el cual el mundo ha sido crucificado para mí y yo para el mundo”. Es tan fácil para nosotros gloriarnos en nuestros logros. A pesar de que sabemos que hemos sido salvadas por gracia, aun así de alguna manera queremos creer que nuestras victorias en la vida cristiana tienen que ver con lo comprometidas que nosotras estamos, cuán implacablemente nosotras luchamos contra el pecado, cuán fervientes nosotras somos en buscar a Dios. Queremos que se nos identifique por nuestro éxito, no por el de Cristo. Sin embargo, tal como Pablo dice, que jamás nos acontezca gloriarnos en otra cosa que no sea la cruz de Cristo. Cristo obtuvo la victoria sobre nuestro pecado. Porque Cristo murió, nosotras estamos muertas al pecado y éste ya no nos domina. Cristo es nuestra victoria. Y nuestra obediencia no es nuestra justicia. Nuestra obediencia no es cómo Dios nos ve y nos acepta.

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La justicia y la sangre de Jesús son nuestra única belleza, nuestra única gloria.
Debido a que mi única gloria es la cruz de Cristo, cuando fallo en amarlo como quisiera, cuando el Acusador susurra condenación en mi oído ante mi desobediencia al darle cabida a la tentación, tengo un Mediador entre Dios y yo. Como el himno dice, “Ante el Trono Celestial, Él intercede hoy por mí; Gran Sacerdote es Jesús Quien por siempre vivirá”. Sin importar cuánto fallemos en vivir conforme al estándar (¡teniendo por seguro que fallaremos en vivir conforme a Su estándar!) Siempre seremos Sus amados (Ef. 5: 1b), siempre estaremos en Cristo Jesús (Ro. 8: 1), y siempre, siempre estamos sostenidas por la gracia (Ro. 5: 2).

Hermana, si vas a hacer una resolución, que ésta sea no conocer otra cosa que no sea Cristo y a Él, crucificado. Que todo lo que experimentes este año sea un medio para conducirte más profundo en conocer el inmenso amor de Jesús y cuán bienvenida eres a Su presencia.

Escrito porAylín Merck

Tomado de: Aviva Nuestros Corazones / Mujer Verdadera / Blog. 

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